Hay un puñado de quinceañeros en los accesos a la puerta 34 del puerto de Barcelona. Pasan la tarde del frío y húmedo domingo en una rotonda. “Ojo, viene un coche de los caros”, grita uno de ellos. Y pone en alerta al resto. Lo suyo es una excepción. Las tardes de domingo son ahora, para los de su generación, tardes de andar enganchados a Twitch. O sea, al ordenador, a la tele o al móvil. Cualquier aparato con conexión a internet que les permita seguir la Kings League, la liga de los streamers. Un universo paralelo en el que confluyen lo real y lo virtual: una jornada de partidos de fútbol 7, desde las cuatro hasta las nueve de la noche, cuando da comienzo el último; y una serie de programas online y en directo liderados por una decena de streamers, los comunicadores de la nueva era. Un universo que tiene su punto de encuentro en una gran nave del puerto barcelonés, más allá de ese acceso 34.

