El estigma de la corrupción persigue a la Juventus 17 años después del Calciopoli, lo que podría considerarse el punto más bajo de la historia del club turinés, condenado por comprar árbitros y sentenciado a descender a Segunda División. Desde entonces, más allá de un buen puñado de triunfos y del intento de restauración de la leyenda por parte del sobrino de Gianni Agnelli, el club no ha sido ya el que fue. Ahora un tribunal ha vuelto a decretar que el equipo turinés no juega limpio en los despachos. Esta vez se trata del caso de las plusvalías, una ingeniería fiscal por la que la Juventus logró cuadrar las cuentas hinchando el valor de jugadores de perfil medio que intercambió con otros clubes italianos y de Europa. El mejor ejemplo, quizá, fue el trueque que realizó en 2020 con el FC Barcelona: el bosnio Pjanic por el brasileño Arthur. Ninguno de los dos lograba ya conmover a la grada de sus clubes, pero su tasación llegó a los 70 millones de euros.

