Hay algo contagioso en la ilusión. Y los hermanos Marceliano y Jesús De la Cuesta disponían de ella. Pioneros del ciclismo en Gijón, tenían a principios del siglo pasado su propia fábrica —con un nombre de esos que ya no se ponen a las empresas: Cuesta y Cía— Empezaron montando bicicletas con los componentes que compraban en otros países. Luego, pasaron a construir y vender sus propios vehículos. Un día de 1908 se enteraron de que en Tarragona se organizaba una prueba pionera: una carrera por etapas. Hasta allí se fueron. En bicicleta, para ir entrenando. Salieron 52 corredores. Jesús terminó cuarto. Marceliano séptimo. La clave, más allá del éxito deportivo, regresó a Asturias en forma de anotaciones en una libreta. Allí estaba todo lo que les había llamado la atención de la organización de la prueba. Entre ello, un detalle importante: la alegría con la que los ciclistas eran recibidos en todas las poblaciones que atravesaban. Ese júbilo se sumó al que los De la Cuesta llevaban de serie: empezaron a soñar con organizar una vuelta ciclista a Asturias. Tardarían 17 años —con una Guerra Mundial y varias calamidades menores por el medio— para que fuera realidad. Lo hizo de una forma muy asturiana. Se llamó Pequeña Vuelta Ciclista Asturias y los participantes estaban citados a las cinco de la madrugada en el café Dindurra. Allí se mezclaron con las personas que aún trasnochaban. La historia de la centenaria prueba asturiana estaba a punto de dar sus primeras pedaladas.

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