Hay historias que uno recuerda por cómo empiezan, otras por todo lo que sucede en el camino y algunas, las verdaderamente importantes, por lo que transmiten. La de Gemma Triay y Ale Salazar pertenece a esta última categoría, porque después de todo lo que fueron juntas, de todo lo que ganaron y también de todo lo que ocurrió cuando aquella pareja que parecía indestructible dejó de existir, pocas imágenes podían poner un broche más bonito que la que nos regaló Madrid: las dos abrazadas, llorando, después de tantos años.

