Sabastian Sawe creía que los de Adidas estaban de cachondeo. Pesaba tan poco la caja con las zapatillas que iba a estrenar en Londres que pensaba que se la daban vacía. Menos de 100 gramos la unidad. Placa de carbono intuida. Espuma como aire. Solo un maratoniano voló con calzado más ligero, Abebe Bikila, el etíope de pies descalzos que en 1960 ganó el oro olímpico botando, callos sobre piedras, sobre los sanpietrini de Roma y dejó el récord del mundo en 2h 15m 16s. Entonces, en la edad de las leyendas, los límites del rendimiento los fijaba el talento, la capacidad de sufrimiento, cabezas duras como de mula. El factor humano que fascinaba, y dejaba con la boca abierta a los que leían la historia de la vida de los héroes capaces de correr tanto tiempo y tan deprisa, anacoretas chupados, fibra y mucho corazón.

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