Se corre la Flecha-Valona y el mundo, que espera un nuevo advenimiento del mesías Tadej Pogacar imbatible, lamenta la ausencia de Julian Alaphilippe, ganador tres veces en el muro de Huy, que, la maldición del arcoíris de nuevo, tantas caídas, y la paternidad, camino de los 31, lleva dos años sin ser el mismo que fue, el heredero de Valverde, que ganó cinco flechas y quedó segundo en la última, a los 41 años. Su jefe y pagador en el Quick Step, Patrick Lefévère, le ataca porque no gana tanto como debería para el sueldo que recibe, y, mintiendo le reprocha que sus victorias –aparte de las tres Flechas, dos Mundiales, una San Remo, etapas en el Tour, maillot amarillo, gloria francesa—las consiguió antes de la explosión de la generación de los llamados cinco fantásticos –Van der Poel, Van Aert, Pogacar, Evenepoel y Vingegaard—, proclama que su tiempo ya ha pasado, y le condena el domingo, en su regreso a la Lieja que podría haber ganado, a trabajar de gregario para su niño querido, Evenepoel, que defenderá título ante Pogacar.

