La selección española de balonmano sigue siendo un modelo como muy pocos de precisión y fiabilidad. Su primera semana en el Mundial había dejado por el camino algún detalle para la incertidumbre y cautela. Pero llegado el momento de cruzar el río ante Eslovenia, un rival de mucha enjundia, la jornada clave para atar el pase a cuartos o meterse en un peligroso pasadizo, los muchachos de Jordi Ribera fueron los de siempre.

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