Los guionistas de Netflix se deben estar relamiendo ante el rifirrafe más reciente que ha ofrecido el Mundial de Fórmula 1. Esta vez, el conflicto no gira alrededor de la pelea por el título entre Lewis Hamilton y Max Verstappen. Tampoco se centra en la salvaje competencia que hay por conseguir un asiento y que, por ejemplo, ha escupido de la parrilla a Daniel Ricciardo. De hecho, la bulla ni siquiera se ha producido con la temporada en marcha, sino que ha estallado en invierno, con los monoplazas en gestación y sin un solo motor en marcha. Esta pelotera es política y la protagonizan Liberty Media, el titular de los derechos de explotación del Gran Circo, por un lado, y la Federación Internacional del Automóvil (FIA), por el otro. En juego está la gestión de un tinglado que en tres años ha pasado de girar al ralentí a poner el turbo, y cuyo valor se ha disparado, incluso por encima de lo razonable si tenemos en cuenta la opinión de uno de los bandos.

