La fiesta en Nervión fue de las grandes. Llegó cuando menos se esperaba, cuando el Espanyol ganaba por 0-1 y solo quedaban 10 minutos para el final. Entonces, Castrín, un chaval de Lugo, decidió tirar hacia adelante e iniciar una carrera majestuosa, que acabó con un gran regate en el área y un disparo que se comió Dmitrovic. Era el minuto 82 y el Sevilla igualaba el tanto de Dolan. Nervión estalló porque sintió que en esa carrera, en ese acto de fe, en ese error de Manolo González por mantener a un Roberto muy cansado que no paró a Castrín, estaba la vida. Un paso de gigante hacia la salvación que plasmó Akor en el minuto 92. Otro error inaudito del Espanyol. Un balón en largo que se comieron Cabrera y Calero para que Akor hiciera el 2-1. Las lágrimas afloraron en los espectadores del Espanyol. La emoción estalló en el Pizjuán, entregado a la causa de un equipo de muy escasa calidad, pero que tiene fe, que alimenta un espíritu que hace nada le llevaba a conseguir títulos. El peso de la institución, de la camiseta, ese peso que sostiene a duras penas el Espanyol, ahora más cerca de Segunda.

