Desde que debutó en el Mundial de Fórmula 1, hace ya una década y antes de haber cumplido los 18 años, Max Verstappen ha ido dejando en el arcén un puñado de pilotos etiquetados como elegidos hasta el momento en que se cruzaron en su trayectoria. El holandés, que va tan sobrado de talento natural como de agresividad cuando se pone al volante de un coche de carreras, se ha cargado a Dannil Kvyat y a Checo Pérez, ambos fuera del paddock, y a Pierre Gasly, que encontró cobijo en Alpine. La última víctima de Mad Max es Liam Lawson, que debutó este curso como compañero de Verstappen en Red Bull, y que solo ha tenido dos grandes premios de cuello antes de que se lo cortaran. El neozelandés se estrelló en el estreno del nuevo Mundial, en Australia, y cruzó la meta el último el fin de semana pasado, en China. La tercera parada del calendario, programada para la semana que viene en Suzuka, la disputará enfundado en el mono de Racing Bulls, después de que los ejecutivos del imperio energético hayan decidido denigrarle al segundo equipo, donde pasará a correr en el coche de Yuki Tsunoda, que delante de su gente saldrá a la pista con el RB21. Termina así una historia prácticamente telegrafiada desde que terminó la última prueba, en Shanghái.

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