Como siempre, Inglaterra se ha ido del Mundial antes de tiempo. Pero, como casi nunca, la derrota no solo no ha provocado un cataclismo y una catarata de reproches sino todo lo contrario: público y crítica parecen coincidir en que Inglaterra se ha ido esta vez con la cabeza muy alta y, aunque admiten que Francia hizo tantos méritos como ellos para seguir en la competición, se sienten perseguidos por el azar… y por el árbitro. Es lo que en política se llama dulce derrota. Dulce, quizás; pero derrota al fin.

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