Un hermoso litigio, hasta que todo salta por los aires. Feísimo cierre. Tercer parcial, segundo juego y, en su intento por restar, Carlos Alcaraz se suspende en el aire, traza el escorzo para golpear una derecha y al caer, siente que se ha roto. Ahí termina la semifinal. Continúa la acción, pero el partido ha muerto. No abandona el español, pero está todo dicho. Otra vez, la desgracia, el infortunio. El físico. Carlitos y las lesiones. Le duele el gemelo, el cuádriceps, la ingle. Le duele el alma. ¿Lesión? ¿Un calambrazo? El Roland Garros que tantísimo deseaba se esfuma y Novak Djokovic –“lo siento mucho por él, es un competidor increíble; ganará este torneo muchas veces”– aterriza en su séptima final en París, la 34ª de un Grand Slam: 6-3, 5-7, 6-1 y 6-1, tras 3h 23m. Queda el serbio a un solo paso de su vigesimotercer grande y de recuperar el trono mundial; solo pueden impedirlo Alexander Zverev o Casper Ruud, citados en la otra semifinal. Mal sabor de boca en el Bois de Boulogne, en este viernes de bochorno. Es un crío.

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