En un ciclismo empeñado en que cada objeto parezca llegado del futuro, Tadej Pogacar pedalea con unas zapatillas de cordones. Blancas casi siempre, sencillas a primera vista, sin ruedas de ajuste ni mecanismos visibles. Parecen una rareza dentro de un pelotón gobernado por la aerodinámica, los datos y la búsqueda obsesiva del último gramo. Pero, como sucede tantas veces alrededor del esloveno, detrás de esa aparente naturalidad existe mucho trabajo.

