La noche se volvió frenética en un momento, luces, banderas, abrazos, bocinas, voces. Paolo Rossi, Paolo Rossi, Paolo Rossi. Lo que sucedió en el Santiago Bernabéu el 11 de julio de 1982, y sobre todo la celebración que vino después, asomado a la ventanilla del mini de mis padres en una playa del Adriático, se convirtió en mi primer recuerdo emocional. Sin duda, no tenía una idea nítida de lo que estaba pasando: iba a cumplir cuatro años dos semanas más tarde. Pero me gusta pensar que esa noche se moldeó mi noción de alegría, la gratificación de ver a los demás disfrutar, experimentar una plenitud efímera por algo que ellos sí conocían y que, claro, yo también quería conocer.

