<strong>Isco es un jugador que enamora</strong>. O más bien, que enamoraba. Su gran salto a la élite, en aquel <strong>Málaga de su tierra y de la mano de Manuel Pellegrini</strong>, posibilitó que el <strong>Real Madrid </strong>apostase por el mayor talento español del momento. Fue el líder de una España <strong>campeona en el Europeo sub-21</strong> y nombrado <strong>Golden Boy</strong>. Todo brillaba alrededor de la figura del talentoso centrocampista malagueño. Y sus primeros años en el <strong>Bernabéu</strong> corroboraron todas las expectativas puestas en él. Con <strong>Zidane alcanzó su mejor nivel</strong>, jugando titular las finales de Champions ante <strong>Juventus y Liverpool</strong>. Y con un seleccionador, <strong>Julen Lopetegui</strong>, que se lo llevaba de <strong>cabeza de lista a Rusia</strong>, tras exhibiciones como la protagonizada ante <strong>Italia (3-0) </strong>en el propio Bernabéu, anotando dos goles. Era el jugador del momento. Sin embargo, todo se detuvo. <strong>El contexto le dio la espalda y él hizo lo mismo. No soportó el viento en contra</strong>.

