No hace falta ser un niño para enfadarse cuando otro juega con tus cosas. De hecho, es una de esas cuestiones que empeora con el paso de los años, como que te sigan llamando Carlitos cuando ya has superado los ochenta o te pasen por delante en la cola del supermercado. A los clubes —adultos en su mayoría, aunque siempre hay excepciones— les cabrea sobremanera que las selecciones nacionales dispongan de sus futbolistas y en las últimas semanas hemos visto un repunte en las hostilidades a cuenta del caso Lamine Yamal, también conocido en Barcelona como el caso Diclofenaco o, para que nos entendamos todos, el caso Voltaren.

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