Pocos problemas, quizás ninguno, a los que se tenga que enfrentar como presidenta del Comité Olímpico Internacional (COI), podrán horrorizar o simplemente hacer temblar a Kirsty Coventry, que nació en 1983, descendiente de granjeros blancos, en la Harare que había dejado de ser Salisbury hacía nada, en la Zimbabue que hasta cuatro años antes había sido la Rhodesia sanguinaria, la minoría blanca que se enriqueció esclavizando a la mayoría negra.

