Habían pasado 15 años desde que el japonés Kazuya Hiraide divisó el Shispare (7.611 m), una cima del Karakoram pakistaní a la que juró dedicar su vida de alpinista. Su obsesión acabó por conducirle hasta su punto culminante, que alcanzó en su cuarto intento. Allí, en lo más alto, se arrodilló sobre la nieve, se quitó una de sus manoplas y rebuscó en un bolsillo interior de su chaqueta de pluma. Extrajo una fotografía de su amiga alpinista Kei Taniguchi, fallecida dos años antes (en 2015) en un accidente de montaña. Con ayuda de uno de sus piolets, cavó un generoso agujero en la nieve y enterró allí la imagen. Había llegado a pensar que había encontrado, finalmente, una montaña imposible de escalar. De haber seguido con vida, Taniguchi hubiese estado a su lado ese día. Pero solo conservaba su recuerdo y la fotografía. “Ese día pude enterrar el dolor que me paralizaba. Entendí que ella no se había ido, que viajaba conmigo, en el corazón”, explica señalándose el lado izquierdo de su pecho. Después, Kazuya Hiraide estuvo más de un año sin escalar, preguntándose qué había aprendido de su extensa relación con el Shispare, la montaña que había sido “la vara de medir” de sus carencias “como escalador y como ser humano” durante tres lustros. Incapaz de dar con una respuesta, decidió salir a buscarla en otra montaña.

