Los botines azulados, casi morados, de Julián Quiñones eran un espectáculo en Toluca. Danzaba por aquí, engañaba por allá y se esfumaba hasta el fondo. El atacante es una de las grandes ventajas que tiene la selección mexicana para afrontar el Mundial en casa. Le bastaron 58 minutos frente a Serbia (5-1) para demostrar que es un tren bala capaz de abrirle el paso a su país frente a Sudáfrica, Corea del Sur y Chequia.

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