Finales de abril de 2011, Santiago Bernabéu, la zona cero de la catarata de clásicos que destempló como nunca en la época moderna el fútbol español. Un ambiente irrespirable. La expulsión de Pepe, la gran rajada de Mourinho y Messi mandando al Madrid al garete con dos goles en la ida de las semifinales de Champions. En medio de esa atmósfera bélica, un niño con fama de callado asistía en la grada a aquel tumulto. Era Julián Álvarez, que había viajado desde Argentina para hacer una prueba con el equipo blanco.

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