El verano de 1995 fue una de esas bisagras donde el universo se alinea para cambiar de época. El Felipismo consumaba su decadencia a golpe de corrupción. Aznar tiraba la puerta al suelo de la Moncloa y Espña se preparaba para la unión monetaria mientras salía de la recesión al son del Tiburón se la llevó. El fútbol se transformaba también en el gran negocio actual, impulsado por la Ley Bosman, aprobada en diciembre de ese año. Y mientras en el Barça alguien tenía la brillante idea de traer a Meho Kodro para sustituir a Romario Da Souza Faria, el mayor poeta que jamás dieron las letras brasileñas, en el Real Madrid se obsesionaron con una joven estrella del Athletic. Aquel verano, todo iba a cambiar definitivamente. Todo, menos Julen Guerrero.

