No sé qué puesto ocupará hoy Jorge Luis Borges en el panteón de la fama argentino. Tampoco importa mucho. El 2 de junio de 1978 -apunten la fecha- dijo que esperaba morir en cuerpo y alma, que estaba cansado de todo. De sí mismo, de su nombre y de su fama. Pero eso es cosa suya: Somos millones los que hemos comprendido el sentido de su frase «que otros se jacten de los libros que han escrito, yo me enorgullezco de los que he leído» tras leerle a él. Que no tuviera el Nobel es, también, problema del Premio Nobel. Hace años que el maestro ciego, como si fuera un personaje de sus obras, ha dejado de urdir laberintos interminables, bibliotecas infinitas, libros de arena, inmortales que se han olvidado de sí mismos y de encontrar lugares desde los que se ve el presente, el pasado y el futuro. Pero sus libros siguen hablando por él.

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