El tercer lunes sin etapa, los seguidores de Giro peregrinan por las carreteras de Padua de hotel termal en hotel termal equipados con un voltímetro para medir en el albergue del UAE cómo se regula la tensión entre el chamaco Isaac del Toro y Juan Ayuso o con una cuantas tiritas y anfetaminas para curarle las heridas y subirle el speed mental al doliente Roglic en el del Red Bull. También se detienen con un potenciómetro en el Posta 77 para ver cómo lo revienta el incansable Carapaz. Ninguno tenía en la hoja de ruta matinal una parada en el resort del Ineos, si no fuera para aprender algún concepto nuevo de la inteligencia de Egan, pero un aviso, discreto, como es él, de Jonathan Castroviejo, cambió los planes de todos, o al menos de los que en su memoria guardan un hueco para los que hacen más grande el deporte del ciclismo y mantienen un pelín de melancolía por el ciclismo que fue y ya no será, y se escapa entre las manos como la arena de playa, inasible.

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