El 4 de mayo de 1988, el día que regresó ya como entrenador, mi padre alucinaba. Se relamía pensando en lo que podía ser aquello, en lo que había sido. Y mi madre, al lado, supongo que también. Era un jugador total, listo, contracultural y guapo a rabiar, añadía ella mientras en el televisor él se abría paso entre los destellos de los flashes en el aeropuerto del Prat. En casa nunca hubo carnés ni asiento en el estadio, el fútbol se veía en la tele. Pero era el único jugador al que mis padres habían querido reverenciar en el campo, incluso cuando jugó en el Levante. Verle correr, o volar, ya valía la entrada y el viaje por la A-7 en el Renault 18 blanco. Y tantos años después, ahí estaba de nuevo, para transformar un club cuya genética ya había modificado una primera vez.

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