Hay juguetes que unifican recuerdos de muchas infancias. Aquel monopatín con la tabla naranja y las letras de la marca — Sancheski— grabadas en la cara en la que se apoyan los pies, tentó a varias generaciones infantiles a lanzarse cuesta abajo por las calles de pueblos y ciudades, vigilando que no aparecieran coches o aprendiendo de forma natural los secretos de la aerodinámica. En aquellas cuestas se generaba una analogía de la vida, cuyos caminos son inescrutables. El camino podía ofrecer paradas inesperadas, desvíos o caídas. Nunca se sabía cuántos segundos duraría la carrera, ni dónde terminaría. Tampoco qué había al final.

