Discutido en lo político y en lo económico, Joan Laporta, presidente del Barcelona, tiene sin embargo un ojo clínico para lo deportivo, potestad que se ganó en el momento en que escogió a Pep Guardiola como técnico para el primer equipo tras la salida de Frank Rijkaard. Fue una apuesta gallarda y de conocimiento, pues el entrenador tan solo se había fogueado en Tercera División. Pero la apuesta salió redonda y desde entonces ha tratado de replicar el modelo de poner a exjugadores en el banquillo en todas las secciones: como el acierto en el balonmano con Carlos Ortega; como la elección de Xavi en su segundo mandato en el Camp Nou; como la intentona fallida de Roger Grimau en el baloncesto; y como la revolución de ahora con Javi Rodríguez en el fútbol sala.

