A más de 1.500 metros sobre el nivel del mar, las calles de Kigali, capital de Ruanda, contienen la respiración a escasas horas de albergar el primer Mundial de ciclismo en el continente africano. Allí, junto a la frontera con la República Democrática del Congo, donde el grupo rebelde M23 ha dejado cerca de 7.000 muertos apoyado por el gobierno ruandés, la Unión Ciclista Internacional (UCI) engalana entre fuertes medidas de seguridad una cita para la que se llegaron a barajar varias sedes alternativas. No hizo falta recurrir al plan B según la UCI, a quien el Parlamento Europeo pidió cancelar la cita a comienzos de año. Un año después del Mundial de Zúrich, donde la muerte de la joven ciclista suiza Muriel Furrer ensombreció cualquier arcoíris, el órgano presidido por David Lappartient se prepara para su particular fiesta anual.

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