Antes de que alguien agitase lo suficientemente fuerte el tarro para que las hormigas rojas y las hormigas negras empezarán a matarse, solíamos encontrar lugares comunes en los que mirarnos, refugiarnos o reflejarnos. I<strong>mportaban poco los colores de Diego, de Iniesta, de Zidane, de Guti, de Ronaldinho, de Messi, de David Silva, de este sublime Benzema o del esperanzador Pedri</strong> para saber que, en cualquier momento, nos podían regalar algo diferente, único y tan especial que condensaba todo lo que amamos del fútbol. No son muchos los de esa estirpe, a veces incomprendidos, muchas veces estigmatizados porque hace tiempo que el talento se convirtió en sospechoso.

