Quienes comen surf, beben surf y sueñan surf no entienden cómo Isaac del Toro, siendo de Ensenada, no se pase el día deslizándose con las olas en Todos Santos, libre y zen sobre una nueve pies, en lugar de pedalear sobre dos ruedas, esclavo de la carretera, encadenado a un sueño. Ni tampoco entienden que a los 16 años renunciara a pasearse con los amigos por las playas del Pacífico bravo de Baja California entre yanquis arrogantes que llegan de San Diego y en la frontera de Tijuana se empiezan a sentir conquistadores para encerrarse en un apartamento en la oscura San Marino, república mínima rodeada de Italia por todas las partes, mucha lluvia, poco sol, valles estrechos, y un excoronel del ejército soviético dictando disciplina y ciencia ciclista.

