¡Ay, Ayuso!, los lamentos se hacen coro el martes cuando al fenomenal español le cruje la rodilla mientras el Giro se aleja, montaña arriba, a la estela de un ecuatoriano feroz que no ceja. Al día siguiente —las tierras de la Melinda, Fondriest y el Tonale, para que se forme la megafuga de 38 en Dimaro a orillas del Noce, Mortirolo por su lado suave y lejano de la llegada a Bormio por la carretera que baja de un Stelvio que no han ascendido, escamoteado—, Richard Carapaz insiste, Isaac del Toro responde, torero, de rosa y oro en la meta, donde se da a sí mismo un derechazo con una muleta imaginaria, sin pico, ¿eh?, y hasta se puede oír el crujido de su cadera cuando la gira, armónica con el brazo, al cruzar la meta ganador. Es un mix, quizás copiado del toreador de Carmen, del saludo operístico con que firma sus actuaciones su admirado amigo Tadej Pogacar. No le gritan ¡torero! sino, ironía de la posverdad, ¡Torito!, como a él le gusta, y bravo. Eleva a 41s su ventaja sobre el segundo en la general, que es ahora Carapaz.

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