Iga Swiatek (Varsovia, 23 años) responde en las distancias cortas a su prototipo, a su tenis: linealidad, rectitud, profesionalidad. Como en uno de esos peloteos en los que mete ritmo y pasa más y más bolas. No son buenos tiempos para la polaca, para la mujer que ha hecho de Roland Garros su cortijo y que después de 125 semanas en lo más alto del circuito femenino, compite ahora a remolque de Aryna Sabalenka y ve cómo aprieta la segunda línea y se suman las jóvenes que amenazan. Tuerce el gesto cuando se le menciona a una de ellas. Mira al frente, con la expresión protegida bajo la gorra, y no regala una sola sonrisa hasta que irrumpe la fotógrafa y posa de manera protocolaria. “¿Así está bien?”, pregunta a su acompañante. Tras los clics del disparador, otra vez gesto neutro y visera baja. Un control detectó en agosto el rastro de trimetazidina en su organismo —sanción mínima para ella, al considerar que el dopaje fue accidental; un mes repartido entre septiembre y diciembre— y no alza un trofeo desde el último paso por el grande de París, hace ya casi un año. Conversa con tres medios, entre ellos EL PAÍS.

