No lo había dicho ni en su casa, pero en San Siro después del partido de la última jornada de su equipo, el Milan, tomó un micrófono y le explicó al mundo: “Ha llegado el momento de decir adiós al fútbol”. Dijo después que lo había decidido en las dos últimas semanas, pero tampoco parecía complicado imaginarlo. Zlatan Ibrahimovic (Malmöe, Suecia, 1981) cuelga las botas a punto de cumplir los 42 años y tras una temporada en la que apenas se alineó cuatro veces con su equipo y un cuarto de hora con su selección de la que iba y venía en función de sus cuitas. “Mi mentalidad ganadora tiene una desventaja: me vuelvo loco”, explicó en su celebrada biografía, una hoja de vida en la que definía su libreto futbolístico y existencial: “Siempre estoy planeando una venganza. Lo llevo dentro. Es lo que me motiva”.

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