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Hola y adiós de Laura Fuertes, derrotada a los puntos

Fuente: El País Original en elpais.com

Es el boxeo. París lo ha ubicado en un barrio entre Villepinte, cité de la banlieu y el aeropuerto Charles de Gaulle y hace honor a sus raíces el ambiente en la sala, inmensa, abarrotada, y solo falta la niebla que se muerde de centenares de habanos para convertirse en decorado de película negra, porque hasta el árbitro impávido y excesivamente obeso, camisa blanca de manga corta, guantes negros, llena el cuadrilátero en un combate de colosos de 92 kilos en los que hay cejas rotas, sangre y ferocidad. No hay alcohol ni apuestas ni tongo ni jóvenes en minifalda mostrando el número de cada asalto en las pausas, pero un vocerío sobreexcitado, exigente e inconformista, de los que no perdonan, subraya cada golpe. En el deporte del pueblo la adrenalina no es monopolio de los púgiles. El deporte del macho, también, como da a entender el silencio súbito, casi de monasterio, que arropa al cuadrilátero tan bien iluminado cuando en el ring se mueven sombras femeninas de 50 kilos. “Se acarician, no se golpean”, alardea uno en las primeras filas, que no aprecia el rápido movimiento de brazos, la agilidad en la esquiva, el fino estilismo de las púgiles. Mientras, en el gallinero una voz de mujer inequívocamente italiana, más concretamente, romana, crea un sonido ambiente de película neorrealista cuando anima a Giordana Sorrentino, su favorita, que, desgraciadamente pese a su bravura acaba destrozada por los puños ligeros de la kazaka Nazym Kyzaibay.

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