El jueves llegó la Itzulia a la universidad de la pelota, donde Almeida se puso líder y el viernes a Gernika, su catedral, que renace cada lunes en los Winter Series, que muchos años después de las épocas gloriosas llenan el frontón Jai Alai, con veladas al estilo de los buenos tiempos en los que los pelotaris hacían las américas. Allá, en el grandioso recinto, con sus elegantes ventanales diseñados por el mismo arquitecto que construyó el Recoletos de Madrid antes de la Guerra Civil, y ese majestuoso frontis de mármol negro de las canteras de Markina, como sus pelotaris, se cocina el deporte autóctono del País Vasco. El adoptivo es el ciclismo, muchas veces hijo predilecto por la pasión que despierta, incluso en años en los que la cosecha es escasa, o la participación en la Itzulia no demasiado lustrosa.

