Gonzalo García sabe bien lo que es vivir entre dos realidades. El Mundial de Clubes le abrió una puerta que parecía cerrada. Viajó a Estados Unidos mientras deshojaba su margarita futbolística, con el futuro en el aire, y un virus dejó a Mbappé fuera de combate. De repente, el 9 era suyo. No por herencia, que debía apuntar a un Endrick que se recuperaba de su lesión en Valdebebas, sino por necesidad. Y respondió.

