Gael Monfils posa para la entrevista en la Caja Mágica de Madrid.

A eso de media tarde, la silueta longilínea de Gael Monfils (París, 39 años) va asomándose por el túnel que da acceso al lago de la Caja Mágica, donde transcurrirá la conversación con el francés. Los andares y el habla del tenista tienen un ritmo cachazudo, como si acabara de amanecer o bien estuviera ahorrándose las últimas energías de cara a lo que viene por delante: en mes y medio colgará la raqueta después de 22 años como profesional. Lo hará en casa, en Roland Garros. Y, fiel a su estilo, en forma de fiesta. “Nada de tristeza…”, recalca este competidor disruptivo que se marchará como doble semifinalista de un Grand Slam, con 13 trofeos en el palmarés y habiendo alcanzado el sexto peldaño del circuito. Sin embargo, el nombre de Monfils no se asociará tanto a los registros como a una forma diferente de jugar. Su físico prodigioso deja estampas prácticamente inverosímiles, escorzos imposibles. Todo un desafío a la gravedad. Air Gael, se dice. Indudablemente, tenis de autor.

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Gael Monfils.

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