Zinedine Zidane soñaba con hacerse cargo de la selección de Francia, antes o después del Mundial de Qatar. Ahora preferiría dejar pasar un tiempo. Es lo que señalan desde la Federación Francesa de Fútbol, en donde los empleados suelen ver de vez en cuando al viejo ídolo. El hombre más respetado del balompié francés gusta dejarse caer por la sede del Bulevar de Grenelle, lo mismo que por el centro de tecnificación nacional de Clairefontaine. Conoce la casa al milímetro. Y sabe que ahora mismo, a cinco meses de la Copa del Mundo, los problemas que asedian a Didier Deschamps en el vestuario amenazan con superar las soluciones que le brinda la plantilla más potente de Europa. El banquillo del seleccionador ya no es un puesto tan envidiable para Zizou.

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