En los últimos metros, Fernando Gaviria no tiene equipo. Se trabaja él solo la llegada, entre armadas imponentes, contra el tren Soudal, como se trabaja el camarero del dedo herido en la sala de prensa a la linda voluntaria, que con habilidad, ternura, determinación y elegancia le pide el teléfono para llamar a su padre, pues él se quedó sin crédito, y en él marca su propio número y se llama, y cuando le suena, la cortejada exclama, ah, te llaman, y él sonríe, sos vos quien me llama, ya tengo tu número y ya nos citaremos… Así Gaviria se coloca, acelera, se adelanta, veloz decidido, y, arriesgado roza su tubular con el de Fabio Jakobsen, el vagón veloz del tren Soudal, el de Remco, el de Morkov, y sencillamente pierde por milímetros porque el neerlandés, tan rápido por lo menos, no es un sonso y lanza la bici una décima de segundo antes que el antioqueño, quien ya tiene el número, al menos de Jakobsen, el intocable campeón de Europa. Solo le falta lograr la cita con éxito. Y en su equipo, el Movistar, que cree en él, sonríen. Es el inicio de una larga pelea, quieren creer.

Seguir leyendo

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *