El cronómetro marcaba el minuto 4.02 del último cuarto del partido España-Hungría cuando el capitán Felipe Perrone se escurrió bajo el brazo imponente de Fekete Gergö, el defensa, como una palometa que nada sumergida a escasos centímetros de la superficie de un mar revuelto. El desmarque coincidió con el pase que desde cuatro metros le dio Marc Larumbe, El Lugarteniente, su cómplice durante tantos años en el Atlètic-Barceloneta. El balón voló durante un segundo y antes de asomar la cabeza, Perrone sacó la mano a la superficie como si viera la jugada con una cámara cenital. Atrapó el proyectil en pleno vuelo y lo catapultó contra la portería que defendía Kristof Csoma: fue el 9-9 y culminó una remontada épica que clasificó al equipo para cuartos y ha sido el momento más feliz del recorrido de España en los Mundiales que se disputan en Singapur. Pero la cuestión que flotó en el aire mientras Perrone y sus compañeros gritaban celebrando el gol fue de orden metafísico. ¿Cómo hizo para ver la pelota que le pasó el lugarteniente Larumbe?

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