El tiempo, ese adversario que a nadie perdona, volvió a inclinarse ante Remco Evenepoel. En Montreal, entre curvas que escondían emboscadas y rectas que exigían el último aliento de vatios, el belga viajó de nuevo por delante del reloj.


El tiempo, ese adversario que a nadie perdona, volvió a inclinarse ante Remco Evenepoel. En Montreal, entre curvas que escondían emboscadas y rectas que exigían el último aliento de vatios, el belga viajó de nuevo por delante del reloj.