Acaba la lucha por la victoria, el Tour regala belleza. La inspiración le llega quizás del agua ligeramente agitada por una brisa del Este, unas olitas en el lago como las que se abrían a su paso cuando el Gitana de la baronesa Rothschild volaba a 38 por hora hace 150 años, récord del mundo para un vapor; y también del aire, de los pájaros en los alerces que rodean, junto a la salida, la sala de conciertos de madera de cedro amada por Rostropovich, y su sonoridad de violonchelo. Es la armonía, la perfección con un maillot arcoíris sin una arruga y sobre un sillín negro, los brazos alargados en ángulo perfecto sobre el manillar. Es la perfección de su pose hermosa en la bicicleta con la que, flotando en las laderas del lago, pedaleando rítmicamente interpreta su música, quizás Keith Jarret en Colonia, ligera e intensa. Tremendamente emocional. Es Remco Evenepoel, que le ha robado la velocidad en las contrarreloj a los burros sin alma y solo potencia

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