Del siete a Costa Rica al roto de Marruecos, de las expectativas generadas en el espectacular y esperanzador estreno al desfile funerario del regreso a la residencia de la Universidad de Qatar con Luis Enrique al frente y la penumbra del amanecer catarí como testigo. El trayecto de España en este Mundial es inequívoco, de más a menos. De la explosión goleadora de una idea de juego atractiva e innegociable por única a su decadencia progresiva partido a partido. Del afile cortante de las combinaciones verticales ante Costa Rica a las secuencias de más de mil toques inanes ante Marruecos. Y entre medias de esa irrupción mandona y ese final tan crepuscular, dos golpes de los que ni Luis Enrique ni sus entregados futbolistas se levantaron. Las dos reuniones mantenidas para corregir los errores y reforzarse como grupo no tuvieron el efecto deseado, ni anímico ni futbolístico.

