En la cena de los campeones, Scottie Scheffler, que es de Nueva Jersey pero se formó en la Universidad de Texas, y que ejerce de feliz campeón vigente del Masters de Augusta, sirve el menú: hamburguesa con queso, maíz y jalapeño, gambas empanadas con salsa agridulce, sopa de tortilla, filete de lomo o corvina, y galletas de chocolate y helado. Como es tradición sagrada, el club de la chaqueta verde se ha vuelto a reunir. Así sucede cada noche del martes previo al torneo desde que Ben Hogan instaurara esta costumbre con una invitación por carta el 31 de marzo de 1952.

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Luz verde al cambio de las bolas

Chema Olazabal entra cada año más despacio en el Augusta National Golf Club. El doble vencedor de la chaqueta verde, 1994 y 1999, quiere saborear cada paso, cada segundo, consciente de que a los 57 años no le quedan muchas ocasiones en las que disfrutar del campo como jugador. “No sé cuántas veces más voy a seguir compitiendo. Antes tengo algún objetivo personal que quiero cumplir”, afirma Olazabal, a quien la llanura de Augusta ya se le hace muy cuesta arriba. 
El campeón de Hondarribia pertenece a otra estirpe de golfistas, creadores antes que pegadores, muy lejos de los cañoneros de hoy en día. Una generación que ha obligado a Augusta a ampliar 30 yardas (unos 27 metros) el par cinco del hoyo 13, para evitar que se alcance el green con tanta facilidad con el segundo golpe. Y de ahí también la propuesta de los dos órganos rectores del golf mundial, la USGA y el Royal and Ancient, de modificar a partir de 2026 las bolas para que vuelen un 10% menos y aterricen mucho antes que ahora. 
“Augusta sigue siendo un campo extraordinario, a pesar de lo que fuerte que hoy le pegan a la bola y de la evolución de los materiales, Pero algo tienen que hacer. Si no, habrá que jugar campos de 8.000 yardas, y eso no es sostenible”, avisa Olazabal, que se muestra a favor de buscar alguna medida que frene a golfistas que mandan la bola con el driver a más de 400 metros de distancia y a una velocidad de más de 300 kilómetros por hora. “Deberemos pensar en tener dos reglas diferentes, una para la alta competición y otra para los aficionados”, asume el vasco. 
El debate de la distancia llega también a Fred Ridley, el presidente de Augusta, quien en el balance previo al Masters parece dar luz verde a los cambios que sugieren las principales instituciones. “Nuestra posición siempre ha sido que apoyamos a los órganos de gobierno. Creo que, en un sentido general, respaldamos la propuesta, pero como está en pleno periodo de debate, podría cambiar”, afirma Riley. “Vamos a ver el producto final y tomaremos una decisión. Creemos que la distancia debe ser dirigida”, añade.

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