En el restaurante habilitado en la casa club de Valderrama para los jugadores, caddies y familiares el ambiente estaba enrarecido, al punto de que había varios que echaban humo entre mordisco y mordisco a las hamburguesas, protestas que ansiaban que no se perdieran en el aire. Arnibal Lahiri negaba, Paul Casey no quería cruzar palabra, móvil en mano, y Sergio García, que ponía buena cara al mal tiempo porque en parte se siente anfitrión del torneo, atendía a muchos jugadores y decía que era triste, enrabietado porque, entre otras cosas, había triputteado dos veces en los últimos hoyos y posiblemente volvería a hacerlo al reanudarse el juego. Se llegó al punto, incluso, de que algunos de los capitanes de los equipos del LIV defendían la idea de cancelar la jornada y volverla a empezar al día siguiente, jugar 36 hoyos en vez de 18. Era una petición, también una quimera, pues tan solo restaban cuatro hoyos para cerrar la primera jornada. Y no se concedió, pero sí se decidió suspender lo que quedaba del día para reanudarlo el sábado a primera hora de la mañana, cinco hoyos más 18.

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