El chico estaba sentado en su asiento, recostado tranquilamente contra la ventanilla en el vuelo de vuelta de Arabia Saudí, donde el Barça acababa de ganarle la Supercopa de España al Real Madrid. Y aparece Raphinha, el capitán, diez años más que él y el jugador más en forma de la plantilla, con un pastelito y una vela para celebrar a 30.000 pies su mayoría de edad. Medio equipo cantando, gritando a pulmón el cumpleaños feliz. Había algo de rito iniciático, de ingreso en una sociedad adulta. Nada podía ir mejor para un canterano prometedor. Pero la cara del joven Dro, la gran apuesta de Hansi Flick en el Barça el pasado verano, no era exactamente la de alguien feliz. En el vídeo aparecía algo incómodo, arqueando las cejas todo el tiempo. Una semana después se supo qué contenía aquella melancolía.

