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En la canción Pájaros mojados, Quique González incluye un verso que dice “se escapa otro verano en un furgón blindado”. Todos los estíos se van para no volver, pero hay uno que lo hace de una forma tan contundente y brutal que solo te das cuenta de lo que ha pasado cuando ha transcurrido el tiempo necesario para asimilarlo. Ese verano del que jamás se vuelve es el que hace de bisagra entre la infancia y la adolescencia. Porque en esos meses suceden tantas cosas de tanto calado que marcan el camino a seguir. Conoces a personas que comparten tus gustos e intereses, descubres canciones o libros que suenan como debía de sonar la invención del mundo —aunque tengan más años que un bosque—, se despiertan en ti unas extrañas sensaciones que resulta que se llaman emociones y que, tras un extraño proceso, se convierten en sentimientos. Todos ellos elementos que aparecen de repente para trastocar el orden en el que creías que ibas a vivir para siempre.

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