Nos sucede, por lo general, tan pocas veces que tiende a convertirse en un recuerdo imborrable de la infancia. Esos instantes en los que fuimos capaces de arrastrar a nuestro padre o a un hermano mayor para que jugaran con nosotros al fútbol —o sucedáneo— dentro de casa. Cada uno en un extremo de la estancia —habitualmente, se trataba de un pasillo, ya que era el espacio más parecido a un terreno de juego, en el que las paredes marcaban el límite de las porterías y, más importante, donde había menos objetos susceptibles de ser destrozados por un balonazo—, se iban intercambiando los roles con cada golpeo de pelota. Primero chutaba uno y el otro intentaba atajar el balón. Luego, viceversa. Era un partido desigual, ya que el ímpetu y la pasión del más joven contrastaba notablemente con las ganas del mayor, que en realidad estaba allí un poco por cubrir el expediente y con la obligación moral de no detener todos los disparos y de patear el esférico con la intensidad justa para que pudiera ser detenido sin que pareciera una farsa. Pero lo más importante era, sin duda, el amor que se concentraba en aquel espacio rectangular. Un amor basado en el juego, en las conversaciones que surgían a su alrededor y en la admiración hacia el jugador más veterano.

