Envuelto en un mar de bengalas rojas y cánticos de ánimos, el autobús de los jugadores del Girona alcanzó Montilivi con un chute de adrenalina y motivación, sentida comunión con la hinchada que pareció presagiar la mejor de las noches. Pero delante estaba el Tenerife, cloroformo puro, equipo que juega en su campo y echa el pestillo para buscar una contra esporádica. Coyuntura que no sucedió como tampoco se dio la algarabía del Girona, que no pasó de las tablas a cero para dejar el desenlace en suspense, pues el próximo domingo se volverán a medir en el Heliodoro para saber qué equipo es de Primera.

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