Los derbis son partidos que exigen un tremendo control de las emociones de los jugadores. El ambiente del exterior y la presión de las aficiones suelen producir ansiedad en los futbolistas. No es de extrañar, por lo tanto, que en estos duelos se suelan dar muchas expulsiones. No faltaron, por supuesto, en la edición oficial 138 del duelo de la máxima rivalidad en Sevilla. Y una detrás de otra hasta marcar de forma decisiva un partido que el Betis tenía absolutamente controlado y que decidió entregar a su eterno rival. En un escaso cuarto de hora hubo tres tarjetas rojas, dos para el Betis y una para el Sevilla (Fekir y Borja; y Montiel). La ansiedad, la ingenuidad y la falta de autocontrol le pasaron factura al Betis. Así, el Sevilla, que tenía el partido perdido, se encontró al inicio de la segunda parte en superioridad ante un Betis con nueve jugadores. Ocurrió que el atasco futbolístico de los de Sampaoli es de tal calibre que les costó un mundo superar a un Betis metido atrás a defender su gol de ventaja en el marcador. Solo Gudelj, con un misil lejano, pudo perforar la meta defendida por Bravo en el minuto 82.

