«El Sevilla no va a bajar». Ese mantra me lo han repetido hasta la saciedad en la redacción de MARCA durante los últimos meses. «¿Pero cómo va a bajar el Sevilla?», me decía cualquiera de mis amigos, a los que no les convencían mis explicaciones. Ni que decir tiene que yo era el único que veía cada partido consciente de que todo podía ir a peor. De que apenas hacía falta un último empujón. De que el equipo estaba cogidito con alfileres.

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